Sekitumi

28 junio, 2006

CABEZAS ADICTAS

No sé cuando voy a dejar de dar la brasa con el mismo tema, es posible que tras la experiencia de anoche haya conseguido finalmente la tan ansiada catarsis espiritual. Pero es justo lo que os estáis temiendo: ayer, contractura muscular en el brazo izquierdo mediante, asistí al chou de Alice in Chains en La Riviera. Es difícil explicar cómo una música tan oscura y decadente puede llegar a proporcionar semejante estado de éxtasis y plenitud. Quizá sea una forma de expulsar los demonios interiores y conseguir algo bello desde la más pura desolación; Nietzsche ya lo sabía. Mucho se ha hablado de lo discutible que era la reunión de Alice tras la muerte de Layne Staley, cantante original de la banda y poseedor de la voz más conmovedora de la historia del ruock (verdades como puños). Lo cierto es que, tras lo visto ayer, el respeto a la memoria del amigo desaparecido está fuera de toda duda. Ejemplar lección de humildad cuando el señor William Duvall, su sustituto, desapareció del escenario para dejar a los miembros originales darse un baño de masas.
Bien, antes de que esto se convierta en una lamida de recto en toda regla, veamos los contras (que también los hubo): cortísima duración (tienen repertorio para tres horas), técnicos de sonido susceptibles de ser hostiados y cierta frialdad inicial. A ello hay que sumar la actitud discutible de servidor, que ante su estado de salud precario, vió los primeros temas desde los balcones laterales, craso error que se vió subsanado cuando me lancé al foso en un estallido incontenible de headbanging y air guitar a saco paco. A partir de ahí, sesenta minutos (¡tacaños!) de desparrame y afonía desafinada, para desgracia de los que me rodeaban. No importa demasiado cuando se da la total comunión entre banda y público y el evento se transforma en un karaoke grunjeta. El set list fue antológico, con un Jerry Cantrell que demostró una clase sobrehumana con sus riffs envolventes y metaleros, con la base rítmica ultra-eficaz de Mike y Sean y la sorpresa absoluta que nos dió Duvall. Este cruce entre Ben Harper y el gafapasta negro de Cuatrosfera cumplió con creces, usando un registro poderoso y amplio y sin la aspereza que Staley alcanzaba cuando sacaba voz hasta el infinito, amén de ejercer como frontman sobrado de carisma y actitud. Buena elección, sin duda.
¿Y los mejores momentos? ¿Alguien en su sano juicio puede elegir entre Rooster o Down in a hole? Sólo sé que me sorprendió no haber llorado en esos momentazos, mi cuerpo sólo podía expresar sonrisa y felicidad jipiosa. Man in a box fue el principio del desfase, con su estribillo inalcanzable para nuestras gargantas; el solo de Cantrell en Damn that river, afiladísimo; el comienzo de We die young, una explosión de furia; No excuses, pura poesía; el final de Would?, adrenalítico y purificador... y puedo seguir así con todos los temas. Pero lo que de verdad me golpeó y jamás olvidaré fue Junkhead, una canción que habla sobre la aceptación de la autodestrucción como identidad y motivo de orgullo. ¿Malditismo gratuito? No se equivoquen, durante cinco minutos cientos de personas vomitamos todos los malos rollos acumulados en años de vida y ascendimos a un nivel superior de emociones y rabia constructiva. El lenguaje es vago y limitado, sobre todo cuando ves algo así a cinco metros de tus ojos incrédulos.
Me invade un deseo de infinita gratitud ante unos tipos con los que quizá nunca cruce palabra y nunca conozca personalmente, pero que representan como nadie el milagro de que el arte de verdad logre la empatía absoluta entre perfectos desconocidos. Y, por supuesto, hacia el recuerdo de Layne, una suerte de hermano anónimo.
Ya sólo falta que Dios oiga mis plegarias y Cornell deje de hacer el moñas para resucitar a mis amados Soundgarden. Ante la era del reguetón que nos acecha, uno se siente bendecido por haberse criado en el rock de los noventa. Durante sesenta rácanos minutos, fui feliz.

2 Comments:

Blogger Zazutumi said...

Sergi, por los clavos de Krrrristo, que te den un trabajo de crítico musical yaaaa!!! Voy a recoger firmas y las voy a presentar en el Congreso para que tu nombramiento como Ministro de la Música se debata en la próxima sesión...
Por otra parte, me alegro mucho de que hayas podido disfrutar tanto con un concierto. Tengo un poquitín de envidia porque yo puedo pasarlo bien en algunos pero, esa catarsis, ese orgasmo lírico, nunca lo podré vivir. Ya sabéis por que...Pero bueno, al menos la voz del señor Mercury me acompaña en los dijjjquitos que tengo. Con eso me vale.
Lo dicho, una crónica de puta madre, Sergiño.

18:21  
Blogger reclutakintero said...

¡Muchas gracias, cangreja! Que Cornell te oiga y ojalá algún día pueda comer gracias a mi más grandiosa afición, excluyendo los pantalones de cintura baja de las universitarias.

22:05  

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