Sekitumi

10 enero, 2006

La música es un Dios...

Un buen día me levanto. Hace frío y el estómago dicta antes que mi cerebro que es demasiado pronto. No importa. Tres galletas María serán imprescindibles para que la primera dosis de nicotina no provoque la naúsea. Bajo a la parada del transporte para ciudadanos honrados. Dentro de las tripas del gusano cuadrado aquello se me antoja una pequeña ciudad a escala. Demasiada realidad para empezar otro día IGUAL. Decido viajar a un destino alternativo, en el mismo gusano y sin necesidad de alterar por medios artificiales mi percepción. Introduzco en mis oídos dos tapones que se unen a una máquina redonda por un cordón umbilical... como volver a nacer. Lo que sigue después representa mi disolución definitiva en un magma de sensaciones. Viajo a la desolación, a los colores, al sexo, al apetito por escuchar el sonido de todas las tripas, al frío, al calor y al ruido de los insectos al caminar. Se vuelve todo una pasta sin forma, un nuevo y perfecto bolo alimenticio. Todo fluye y la nueva sangre que bombea mi corazón sobrecogido comienza a regar mi cerebro.
Ya no existo. La corriente me arrastró y soy un alga.
Unas miserables pilas se mueren en un instante y el viaje se interrumpe. Una vulgar invención del hombre, incapaz de contener lo incontenible. No importa. Ya estoy contaminado y no pienso volver a vuestro mundo de trivialidades y de humo sobre humo.
Gracias, Kyuss. Bienvenidos al Valle del Cielo.